Viene a decirnos más o menos, que aunque tengamos tan visto el holocausto como la pasión de JC, lo que vemos, aún cuando sea fiel a la historia y desgarrador, no es la realidad que vivieron los asesinados y los sobrevivientes. Asegura que el sobreviviente tiene dificultades para expresar un discurso reivindicativo en el espacio público, dice que su dificultad primera es interior, que está escondida en el ámbito de su conciencia y de su pudor, razón por la que depende de ser convocado por un intermediario para testimoniar sobre los muertos, sobre sí mismo, sobre los asesinos. La necesidad de organizar sus memorias y de encontrar las palabras le viene planteada desde fuera. Hasta darle forma, sólo tenía los recuerdos, la angustia y la ira. Los moldea y articula para hacerlos medianamente comprensibles refrenando su extremos, limando sus aristas, sus puntas, sus filos. Aplaca sus lágrimas, estira sus nudos de garganta, ralentiza sus pulsaciones, des-suda sus pánicos. Aún después de este esfuerzo que produce una imagen de lo vivido, falta la edición: los medios y los grupos de poder reorganizan su discurso final, que una vez acabado le es menos propio.
Me parece comparable con lo que sucede con la guerra civil española y con la dictadura, aunque no por los mismos motivos. Da la impresión de que la generación víctima, en estos procesos sociales, estuvo condenada a reducir su espacio de reivindicación al pequeño mundo de lo privado, por no disponer de las herramientas de la mediatización ni del entorno propicio para la reconstrucción colectiva. Unas veces pensará que carece del lenguaje legitimado, que quién es él o ella para contar algo que pueda importar; otras, creerá que le falta la capacidad para conectar hechos personales con históricos; en otros casos cerecerán efectivamente de habilidades o medios para convocar y reunir a sus semejantes dispersos en una labor organizada de producción; de los medios materiales y el tiempo para escribir, grabar, recorrer, investigar; del estímulo social que provoque una sensación de que es la comunidad la que demanda y valora el testimonio de un sobreviviente... Tal vez ésta sea la peor de las carencias... "Me salvé para vivir, pero a quién le importa ahora el que se fue. Qué inútil la lucha, qué inútil la muerte."
De muy diferente manera, inspiradas en las viudas chilenas, las madres de la Plaza de Mayo, las abuelas y los hijos, se apoderaron del espacio para narrar la historia en plena dictadura, y en medio del silencio de hierro de una sociedad encadenada por el miedo; las primeras páginas las escribieron sin decir una sola palabra, no más el silencio y el nombre de su ausente bordado en un pañuelo, nombre que sacaron a pasear con una foto, por la plaza y en círculo, en contra de las agujas del reloj, cada jueves, con un coraje sin precedentes avanzando hacia atrás, hacia el reencuentro con la verdad. Fue imposible detener el proceso de verdadera reorganización nacional de la memoria. Hicieron del relato de la vida y de la desaparición y muerte, el reclamo por la dignidad de los muertos y de los sobrevivientes, aún de aquellos que estaban lejos ideológicamente de los hechos. El mundo entero integró la sigla DDHH en la vida cotidiana con sus marchas.
Es tristemente limitado el relevamiento que se hace de las historias personales afectadas por la guerra civil, y ya mediatizado con esfuerzo, queda relegado a publicaciones de baja demanda o a horarios radiales y de tv para minorías. Libertad, libertad, sin ira libertad, ¿será esta la razón? No es extraño que sean los hijos y los nietos quienes hoy buscan fosas, reclaman certificados, pensiones e indemnizaciones, anulaciones de juicios...
Muchos protagonistas que tienen cosas que decir se irán sin haberlas contado.
Hay un proyecto estupendo, pero poco difundido para atajar esta situación antes de que sea tarde, aúna la disponibilidad de juventud formada en TICs, estudiantes de la UPC, con la memoria de los protagonistas, relatores voluntarios que asisten habitualmente a actividades en casales y centros cívicos: dos generaciones produciendo un discurso imprescindible para el presente y el futuro.
Buscaré más información y la postearé en estos días, por si interesa a alguien difundirla o participar.
ABOGANDO POR ALGUNA MEDIDA DE MODESTIA
por Elie Wiesel
Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz 1986, comparte sus reflexiones sobre la experiencia del sobreviviente.
Una generación después, se puede decir aún y debe ahora afirmarse: No existe literatura sobre el Holocausto, ni puede existir. Su sola expresión es una contradicción de términos. Auschwitz niega toda forma de literatura, al desafiar todos los sistemas, doctrinas; resumirlas en una filosofía es minimizarla, distorsionarla.
Pregunte a un sobreviviente, cualquiera, y me dará la razón. Aquellos que no vivieron la experiencia nunca sabrán; aquellos que han vivido, nunca hablarán, en todo caso, no con realidad y no con sentido completo. Aquí encontraremos libros que serán de poca ayuda, viles comentarios que sirven sólo de guías. Entre los recuerdos de un sobreviviente y sus descripciones en palabras, aun la suya propia, existe un abismo impenetrable.
El pasado pertenece a los muertos y el sobreviviente no se reconoce en las imágenes y las ideas que presumible-mente lo identifican. Una novela sobre Auschwitz no es una novela, o sino no es sobre Auschwitz. El sólo intento de escribir tal novela es blasfemia, como es cualquier intento de explicar o justificar, ya que cualquier explicación es una forma de justificación. Aquí la ignorancia, linda con la falsedad y el engaño. Esto lo debe saber si aún no lo entendió: Auschwitz significa muerte, total, absoluta muerte -del hombre y de todo el pueblo, idioma o imaginación, de tiempo y del espíritu-. Su misterio está condenado a permanecer intacto.
El sobreviviente lo sabe. Él y ningún otro. Y así está obsesionado por culpa y desesperación.
Presencia del testigo verdadero: una tarea dolorosa y temerosa. Por el hecho que sobrevivió, requiere de él ser testigo. Pero ¿cómo puede hablar sin cometer traición contra sí mismo y otros?
Una trampa dialéctica de la cual no se puede escapar: el verdadero testigo debe permanecer en silencio. Aún así puede expresar lo inexpresable, no sería comprendido.
Y aún, al comienzo, en un mundo aún en ruinas, él se esforzó en adelantarse y al menos parcialmente levantar el velo, no para liberarse del pasado, sino por lealtad hacia el pasado. A sus ojos el olvido quiere decir que el enemigo ganó. El verdugo siempre mata dos veces, la segunda para cubrir todos los trazos y evidencias de su crimen. Olvidar es ser su cómplice. Uno debe testimoniar para que no haya olvido.
Una tarea dolorosa y no gratificante que causa temor y remordimiento. Las palabras que el testigo juntó, las imágenes que pudo ordenar son muy pálidas comparadas a su substancia. La expresión desafiada y resistida de permanecer callado, mientras que, por otra parte, hubo más intensidad, más peso, más verdad en lo que no se dijo.
El pánico en los ojos de las personas mayores, los susurros de los niños que se tornaron viejos al enfrentar la muerte, la silenciosa y solemne marcha de las víctimas como llevadas a las llamas y a la obscuridad; las selecciones, las fosas comunes, aquellos que decían Kadish por sus propios muertos y por los vivos: no podría describirlo, y sin embargo lo tuvo que hacer.
Se debería inventar un idioma y vocabulario especial para decir lo que ningún ser humano dijo ni dirá nunca.
¿Realmente leyó las historias contadas por los sobrevivientes? Parecen escritas por el mismo hombre. Temeroso y desganado, testimonia calladamente y dice poco; habla como susurrando como si tuviera culpa; escribe sin palabras más bien casi contra ellas.
En vez de comunicar la experiencia en sí, revela su inhabilidad para expresarla completamente.
El testimonio del sobreviviente inspiró temor y humildad
Al principio, la cuestión fue tratada con una especie de reverencia sagrada. Fue considerada tabú, reservada exclusivamente para los iniciados. Los gran-des escritores de nuestro tiempo como Camus, Mauriac, Maulkner, Agnon, Silone, tuvieron cuidado de no rasgar el tema.
Actuaron respetando a los muertos así como a los sobrevivientes. Y también les importaba la verdad. En este singular dominio, la verdad es más ajena que la ficción, y así lo entendieron. Aquí la imaginación palidece al lado de la realidad. La integridad artística e intelectual les evitó aventurarse en campos perseguidos por tantos fantasmas y enterrados bajo cenizas. Las historias publicadas parecían documentales. Estas historias verídicas podrían envolver al lector como en una pesadilla, haciendo agitar el corazón instilando un sentimiento de punzante excitamiento. Uno siente que esto no era creación del artista, sino algo de arte y literatura trascendental, algo completa-mente diferente, Siguiendo al protagonista, en su error de expresión, uno se dejó llevar por su voz, tratando de compartir su desesperación, pero eso era todo. Uno quedaba afuera y atrás.
Ni uno pasó a ser juzgado, ni uno se atrevía, no todavía.
Por querer una vara, una guía, el sobreviviente tuvo el derecho de forjar su propio estilo, de elegir su propia forma y modo de expresión. Una medida de humildad aún persistía.
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