12 abril 2006

Octubre, octubre - por Simón Velasco Sáinz de Aja

«Un hombre feliz se atreve a vivir para merecer el premio de la vida»

Don Ramón Pérez de Ayala se preguntaba si en una sociedad acomodada podría encontrar buen acomodo la Literatura, si en ella se traducirían, cuando ya nadie tuviera necesidad de nada, los logros económicos en reflejos artísticos; es decir, si así fuera, estaríamos hablando hipotéticamente de una sociedad con progreso en lo material sin menoscabo de un halo de espiritualidad, en este caso literaria, anhelo innato de todo ser humano. Pero es una hipótesis. Nada que ver con una sociedad consumista como la actual que nos adocena hasta las pestañas.

El libro que hace un tiempo adquirí con Diario Palentino, Octubre, octubre, de José Luis Sampedro, siquiera costaba un euro, precio asequible para cualquiera; o sea, en modo alguno los libros son un artículo de lujo: Están al alcance de todos, y ya ven... ¿Cuántos son los inconformistas que no se resignan a una vida regalada en lo material, desentendiéndose, sin más, de la sociedad arriba apuntada?

La realidad es cruda, pero es realidad: para encontrar un españolito de a pie que lea un libro al año casi hay que buscar debajo de las piedras.

El libro de marras, como decía, siquiera costaba un euro para cubrir los costes y poco más, mas tiene un valor incalculable, tal que un buen libro que sirve como fiel escudero al lector...

De alguna manera, un buen libro como éste contribuye a una urgente necesidad: Cambiar la visión del mundo y de las cosas, al menos mientras nos enredamos en la lectura enfervorizados por pasar páginas, que ya es cambiar el mundo, un mundo...

El valor, aún modesto, de esta colección, novelas como Octubre, octubre conjunta e inseparablemente vendidas por Diario Palentino, a la que vengo dedicando mi tiempo de lector, ese valor, aún modesto, merece nuestra atención, una atención especial. Redunda con sus títulos en beneficio de todos por su significación: A nuestra disposición se abre una vida, o más vidas...

Todos comemos todos los días, pero no nutrimos nuestra mente con el alimento de las ideas, sentimientos, conocimientos y saberes como los que suscita la referida colección. Y es que necesitamos de la palabra como del pan. Porque, entre otras razones, cada uno tiene un libro en la cabeza y es muy difícil que vea la luz, urgente desahogo vital, si no aprendemos a manejarnos con la expresión y a partir de la claridad, sencillez, precisión y propiedad que exige la creación literaria. Y ello sólo está al alcance de quien sabe leer bien, ya que sólo así se aprende a escribir bien, aspiración tan noble como humana.

Sin embargo, debido a un bastardo interés de propagar la indigencia mental como abanderada de la modernidad, la aspiración citada se posterga, en detrimento del bien común, con una contracultura antisistema de un emblemático modus vivendi que en poco o nada nos enriquece y nada aporta a la hora de ser personas.

Hoy la cultura ya no es cosa de ricos, ¡quién lo diría!...

Aun dada la posibilidad de adivinar la realidad de la trama de Octubre, octubre, hay un algo que nos precipita en ella hasta el final, el desenlace. Como quien experimenta con una vieja pócima hasta conseguir el remedio a sus dolencias, por descubrir en la última página. A poco que nos familiaricemos con esta novela, comprendemos que las dolencias que se tratan de subsanar en ella son las del alma...

A mi modo de entender, donde acaba este libro, empieza la vida. Pero hablemos siquiera un poco de lo que nos ocupa dando la voz y la palabra a Nicolás Casariego: Octubre, octubre «transcurre en dos tiempos que simbolizan dos caminos diferentes para llegar al mismo destino». Por un lado, las voces de Luis y Ágata relatan la lucha por dar sentido a sus vidas. Luis, un hombre de mediana edad, regresa a Madrid desde su exilio parisino cargado de fantasmas que le impiden aspirar a una relación plena con una mujer. Ágata, una mujer solitaria de treinta años, se debate contra traumas infantiles de origen sexual... Al contrario de otros personajes, Luis y Ágata son incapaces de tomar la vida según viene, recurriendo a la elucubración mental... Exteriormente son grises, interiormente bullen. Su encuentro marca el inicio de la esperanza, porque todavía les queda tiempo para reaccionar y dar un paso adelante. Por el otro lado, Miguel, autor de una novela dentro de esta novela, refiere su experiencia de un amor no correspondido mediante la sublimación al dar forma y estilo a otro amor, pero de ficción?

Sampedro parece envidiar a los que inician cada nuevo día como si la vida empezara HOY... Los otros, los pensadores, también pueden entender la vida, pero su razón hace las veces de freno.

Decir, que Sampedro ya no necesita el tiempo, según dice, porque la clave de la felicidad no reside en un reloj, sino en la intensidad con la que se vive; la dimensión del tiempo reside en la densidad de vida, o sea, en el corazón. Esta es la noción acerca de la vida con la que nos presenta Sampedro a sus personajes y, seguramente, con la que ha vivido y vive. Y es que un hombre feliz se atreve a vivir para merecer el premio de la vida. Pareciera que su Diario rezara tal que encabezamiento de este credo: «Sueña lo que te atrevas a soñar, sé lo que quieras ser, ve donde quieras ir... ¡VIVE!».

DIARIO PALENTINO DIGITAL

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