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22 junio 2006

España según Don Quijote - por Fernando García de Cortázar

¿Regreso sin gloria?



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'Cuando Cervantes escribe el Quijote, de la edad ya cansado, ha comprendido en carne propia que pocos hombres se realizan antes de morir, que la vida es una derrota aceptada, que el único sucedáneo para aliviar el hambre de ser algo distinto de lo que somos se encuentra en la ficción y que la tregua que ésta ofrece puede tornarse tragedia si su límite con la realidad se eclipsa y ambos órdenes se confunden.'



Con el regreso a la patria, la pequeña aldea donde el hidalgo Quijano leía novelas de caballería en busca de otras patrias, termina Cervantes su gran novela. Sancho exclama: ?Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza tu hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos, y recibe también tu hijo Don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo; que según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse se puede...?.

Don Quijote regresa de sus aventuras y muere con los ojos abiertos. Vencedor de sí mismo... En estas breves y claras palabras bulle toda la melancolía de aquella España a la que, a lo largo de la novela, se cita hasta setenta y cinco veces por su nombre en singular. Allí reside lo más profundo del héroe cervantino, lo más humano, aquello que más le une a sus contemporáneos, tan desangrados de aventuras y fantasías imperiales, tan desencantados de aquello que los triunfos militares les ha forzado a soñar. Allí también reside su autor, siempre trasteado por la vida, siempre huyendo de la mala suerte, de la estrechez de una existencia mediocre y la amargura de no alcanzar la gloria en el género príncipe de la literatura... en aquella época, la poesía.

Cervantes mira a la altura de los ojos a los habitantes de esa España que es Castilla, Aragón, Barcelona... poblada de curas, bachilleres, mercaderes,duques, labriegos trashumantes, venteros, ladronzuelos y vagamundos, sin fronteras geográficas y sin más diferencias que las marcadas por el hambre y la injusticia. Los sabe vanos, ignorantes, ávidos, inquietos, capaces de cualquier cosa para triunfar, para hacerse valer o simplemente para evitar sufrir. Lejos ya el recuerdo de Lepanto, cuando Cervantes escribe el Quijote, de la edad ya cansado, ha comprendido en carne propia que pocos hombres se realizan antes de morir, que la vida es una derrota aceptada, que el único sucedáneo para aliviar el hambre de ser algo distinto de lo que somos se encuentra en la ficción y que la tregua que ésta ofrece puede tornarse tragedia si su límite con la realidad se eclipsa y ambos órdenes se confunden. Lo sabe, y al papel, que también es el morir, lleva esa sencilla verdad con una carcajada repleta de tristeza. Que la obra se leyera a risotadas y tuviera tanto eco no deja de ser reflejo de una España que se repliega de la angustiosa verdad coreada por los arbitristas en la generosa y disparatada aventura que, sacando fuerzas de sus decepciones, inventa Cervantes.

El gran tema del Quijote, lo que hace eterno ese torrente de vida y de fantasía, es la insatisfacción de vivir en la prisión de una vida mediocre, que envejece. Entre el hidalgo que lee novelas de caballería para huir de un crepúsculo pesado y gris y el hombre que ese hidalgo creyó llegar a ser hay un hiato indefinible. Al travestirse de Don Quijote, el esmirriado Alonso Quijano rompe ese hiato, se rebela contra el mundo real, deja de ser carne y hueso, y en ese trueque vuelve ilusión su caminar por las tristes y anchas tierras de España. Irónicamente sutil, con los múltiples desaguisados, tropelías y aún catástrofes que el jinete de Don Quijote provoca al convertir a pobres diablos en encantadores y caballeros andantes, Cervantes expresa mejor que nadie cosas viejas de España que no se sabe nunca al repetirse si son de ayer, de hoy, o de siempre, vestigios tal vez de aquello que decía Sócrates: lo primero que necesita el hombre es saber desempeñar bien su papel de hombre, por miedo a que, tratando de hacer de ángel, no acabe por hacer de bestia. Ocultos bajo los velos de la Contrarreforma, en las páginas del Quijote aún resuenan los últimos latidos del humanismo renacentista español.

La historia de España ha dado muchos don Quijotes, para desgracia de los seres de carne y hueso, olvidados en el magma inmenso de las grandes palabras, tan devaluadas por un exceso de sangre. Cuántos pobres diablos, como los humildes aldeanos de la gran novela cervantina, no supieron de los sueños mas que en su versión coactiva o represiva. Cuántos no subieron nunca a ningún caballo, pero sufrieron las coces de éstos. Cuántos fracasos y desventuras se hubiera ahorrado España de no haber celebrado con tanta pasión a quienes se hacían pasar por sus caballeros andantes y convertían la carta geográfica de un país ancho y diverso en el plan estratégico de una batalla sin fin. Tan proclives a las grandes palabras, en los campos y ciudades de España se ha despreciado siempre al Don Quijote que regresa a su pequeña aldea en beneficio de aquel que sale al camino para transformar el mundo real en una novela de caballerías. La simpatía siempre se la llevan los soñadores, los emperadores del aire, los arquitectos de arena, y no aquellos otros que regresan vencedores de sí mismos, curados ya de la tentación de lo imposible que a todos carcome.

EL CULTURAL

10 abril 2006

¿Hay un último lector?

Piglia reflexiona sobre la lectura y la escritura

por Javier Ponce

El autor recoge innumerables episodios de las relaciones de escritores o lectores y los interpreta.

Ricardo Piglia se ha propuesto en su reciente libro, El último lector, interrogarse sobre el lindero en el que la escritura y la lectura se encuentran. Y el resultado es un texto provocador en el que se recogen imágenes de ruptura entre los límites del lector y del escritor, o del imaginario del lector y sus sueños.

Por ejemplo, Jorge Luis Borges colocando el libro en el borde de sus ojos vacíos y afirmando “yo soy ahora un lector de las páginas que mis ojos ya no ven”; igualmente James Joyce, con un parche en un ojo, cazando las letras de un libro con una lupa gigante. O el Che Guevara reviviendo un relato de Jack London en momentos en que herido durante el desembarco del Granma a inicios de la lucha en Cuba “me puse a pensar en la mejor manera de morir en ese minuto en el que parecía todo perdido.

Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista apoyado en el tronco de un árbol se dispone a acabar con dignidad su vida, al saberse condenado a muerte…”.

En esta aventura de la lectura, Piglia comienza por buscar en el argentino Macedonio Fernández la presencia del lector en la literatura, cuando Fernández soñaba con un museo de la novela en el que se pueda encontrar “la obra en la que el lector es leído”.
“Para poder definir al lector, diría Macedonio, primero hay que saber encontrarlo. Es decir, nombrarlo, individualizarlo, contar su historia. La literatura hace eso: le da, al lector, un nombre y una historia, lo sustrae de la práctica múltiple y anónima, lo hace visible en un contexto preciso, lo integra en una narración particular”.

La obra literaria individualiza, nombra al lector. En ese afán por tentar los linderos, Piglia nos propone el caso de don Quijote de la Mancha que rompe los límites para convertirse en el protagonista de sus propias lecturas de caballería, para encarnar todo lo leído.

“Ya ha leído todo y vive lo que ha leído y en un punto se ha convertido en el último lector del género. Hay un anacronismo esencial en don Quijote que define su modo de leer. Y a la vez su vida surge de la distorsión de esa lectura. Es el que llega tarde, el último caballero andante”, escribe Piglia.

El autor va recogiendo innumerables episodios de las relaciones de escritores o lectores –como el Che Guevara o Don Quijote– para interpretarlos como distintos asedios al tema del lector.

Allí está el caso singular de Felice, convertida en lectora compasiva de Franz Kafka, en copiadora de su obra y en compañía de su tormentoso tránsito por la escritura. Y esa relación tan intensa entre Kafka y Felice se irá desarrollando junto a la lectura, desde aquellas apasionadas, hasta las últimas, frías, próxima la ruptura. La lectura es la medida de esa relación.

Piglia se detiene largamente en la pasión por la lectura del Che Guevara. Incluso, la existencia de una fotografía en la que aparece el revolucionario leyendo un libro sobre un árbol en Bolivia. Y describe también el caso de Antonio Gramsci, prisionero bajo el régimen de Mussolini en Italia y que se dedicó por entero a la lectura, un libro por día.

Hay una novela final de Joyce, Finnegans Wake, escrita en todos los idiomas posibles, frente a la cual, Piglia parece encontrar al lector final, al último lector, “el que se pierde en los múltiples ríos del lenguaje”. Un lector que se convierte en el narrador que debe organizar la narración.

Piglia (Buenos Aires, 1940) publicó en 1967 su primer libro de relatos, La invasión, premiado por Casa de las Américas. En 1975 publicó un conjunto de relatos: Nombre falso. En 1980 apareció Respiración artificial, considerada como una de las novelas más representativas de la nueva literatura argentina. Luego Ciudad ausente, en 1992. Piglia recibió en noviembre de 1997 el Premio Planeta de Argentina por su novela Plata quemada. Finalmente vendría Blanco nocturno.

Junto a su obra de ficción, Piglia ha desarrollado una tarea de crítico y ensayista, publicando textos sobre Arlt, Borges, Macedonio Fernández, Sarmiento y otros escritores argentinos. Su obra crítica ha sido recogida en Crítica y ficción (1986) y La Argentina en pedazos (1993).

HOJAS

NUEVO PREMIO
El novelista y ensayista Ricardo Piglia recibió el pasado 28 de marzo el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso, que entrega cada año en Chile la Universidad de Talca.

CERCANO A DONOSO
Piglia, de 64 años, recordó durante la ceremonia realizada en Santiago su cercanía con el escritor chileno José Donoso, que vivió en Buenos Aires y con quien estudió y trabajó en la Universidad de Princeton (Estados Unidos).

Para EL UNIVERSO | QUITO
Abril 09, 2006


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Balada para un loco
Roberto Goyeneche / Astor Piazzolla

Teatro Regina,1982
Música
Astor Piazzolla y su Quinteto

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