En la España del siglo XXI la expresión "interés general" se asocia al fútbol. Tanto habló Álvarez-Cascos de las retransmisiones televisivas de partidos por su presunto "interés general", que hoy se relaciona dicho concepto (el interés para el conjunto de la ciudadanía) con la opción particular de tumbarse en el sofá, ante la tele, bien provisto de cerveza, para ver fútbol.
A decir verdad, el término interés llama a confusión de antiguo, puesto que admite acepciones muy dispares. La misma palabra nos sirve para denominar el gusto, digamos, por la pintura, y los réditos abusivos que nos exige un usurero. Un tipo interesado puede merecer nuestra mayor consideración - si está interesado en auxiliar a los desvalidos- o nuestro reproche - si sólo le interesa medrar y saciar su codicia-. Los intereses, en suma, pueden ser legítimos (acordes a derecho) o creados (egoístas y tirando a mafiosillos).
Uno de los efectos perversos de esta indefinición semántica es el que nos conduce a la confusión entre intereses particulares y colectivos. Porque si bien puede ocurrir que el interés particular produzca uno colectivo - Adam Smith creía que "es al perseguir el propio interés cuando el individuo promueve el de la sociedad"-, resulta inadmisible que, so pretexto de actuar en favor de la comunidad, no se busque sino el lucro privado.
Durante las dos últimas semanas hemos asistido, incrédulos y aliviados, a una operación policial en Marbella largamente esperada: la detención de una cuerda de ediles, con la alcaldesa al frente, todos ellos discípulos del nada añorado alcalde Gil y Gil - el de "estoy en política para hacer negocios"-, acusados de convertir la administración pública en explotación particular. Las imágenes de estos funcionarios públicos camino de la cárcel (tras ser sorprendidos en su viaje nupcial, convaleciendo de una operación de cirugía estética o remoloneando en fincas multimillonarias) han sido motivo de honda satisfacción para el conjunto de la ciudadanía no tarada.
Pero, por desgracia, muerto este perro no se acabó la rabia: el uso del poder público en beneficio particular es un fenómeno al alza en las sociedades que se tienen por democráticas. En Italia, donde el problema tiene una dimensión nacional, gracias al primer ministro Berlusconi, los escritores y pensadores están ya haciéndose oír. No es ajeno a esta protesta el hecho de que Berlusconi suela legislar para todos guiado por su afán particular de escapar a la justicia. O que, ante las elecciones de hoy, haya usado sus medios privados en favor de su campaña electoral (sus cadenas televisivas llegaron a dedicar el 65% de la información política a Forza Italia, el partido berlusconiano, y el 3,5% al de su rival Romano Prodi).
Autores como Magris, Tabucchi, Fo o Camilleri se han manifestado ya contra este modus operandi. Umberto Eco, en su obra A passo de gambero, ha denunciado "la instauración (por parte de Berlusconi) de una forma de gobierno populista, sostenido mediante unas empresas de comunicación privadas que defienden intereses políticos". Y no le ha ido mal: lleva ya 120.000 ejemplares y seis semanas en las listas de libros más vendidos. Por ello, acabo animando a los intelectuales españoles a asumir una posición más combativa ante los desmanes del poder corrupto, ya sea guiados por el sacrosanto interés colectivo o, incluso, por la posibilidad de obtener un beneficio particular como el atesorado por Eco con su exitoso libro.
LA VANGUARDIA
09/04/2006
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Il clan dei siciliani è un film del 1969, diretto da Henri Verneuil, tratto dall'omonimo romanzo di Auguste Le Breton. Genere poliziesco. Con Jean Gabin, Alain Delon, Lino Ventura, Irina Demick, Amedeo Nazzari, Sydney Chaplin, Philippe Baronnet, Marc Porel, Elisa Cegani, Leopoldo Trieste. Soggetto di Auguste Le Breton (romanzo). Sceneggiatura Henri Verneuil, Jose Giovanni, Pierre Pelegri. Musiche Ennio Morricone.
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