Viajes con mi padre
de Luisa de Castro
En la casa de mis padres, donde pasé el verano con los niños después de separarme, todavía guardo mis papeles desde los trece años. Son una buena colección de libretas, cinco años de escritura ininterrumpida hasta que empecé a utilizar folios. Luego fue más difícil guardarlos, se me han perdido cosas, pero ese tesoro de mis libretas de Foz permanece intocado en los cajones de un escritorio de madera de pino que habíamos comprado en una mueblería de Vegadeo. Nunca los llevé a ninguna parte conmigo. Y allí estaba todo cuando volví. Y allí estaba yo, después de quince años, revisando papeles antiguos y haciendo cosas que nunca pensé que volvería a hacer, como tomar el autobús a las siete de la mañana para trasladarme por carretera parando por todos los pueblos, Lourenzá, Mondoñedo, Abadín, Baamonde, Villalba? hasta Santiago, donde iba a montar la casa nueva.
La distancia que hay entre la casa de mis padres y la estación de autobuses es mínima, se hace en dos minutos andando, pero mi padre ese día se empeñó en levantarse a la misma hora que yo y acompañarme. La noche anterior me preguntó a qué hora quería poner el despertador. Le rogué que se despreocupara pero él puso el reloj para las seis de la mañana, se encargó de despertarme y de preparar café para los dos y salimos juntos en medio de la noche, él con su bicicleta y su caña de pescar y yo con una pequeña maleta en la que llevaba mi ropa para varios días. Caminamos en silencio, uno al lado del otro. Pasamos sin detenernos a la altura de la casa de mi abuela, que permanecía cerrada y con el cartel de ?Se alquila? desde hacía una semana, el mismo día que ella murió y que yo me vine de Barcelona con los niños. Fue extraño pasar por delante de aquella casa cerrada. Ni mi padre ni yo comentamos nada. El silencio y la templada oscuridad de aquella madrugada de julio se alteró de repente con el ruido de la motocicleta del Aduanero:
- ¿Qué? ? le preguntó a mi padre -, ¿pescaches algo ontes?
- Pouca cousa.
- Nosoutros dois mil quilos ? fanfarroneó el aduanero.
- Créocho como si mo dixera a bicicleta ?fue todo lo que dijo mi padre, mientras la moto del toro se perdía en la noche.
Me reí y le observé, pero él no se reía. Miraba de frente con su abstraída seriedad, enseñándome su perfil, tan parecido ahora a sus sesenta años al rostro de su madre. Él sigue conservando las anchuras de la bondad, la boca bella y bien dibujada, los ojos marrón verdoso destilando una alegría muy viva, casi infantil, la piel clara y rubia, como el pelo. Su cuerpo grande, de miembros ágiles y bien formados, me impresionaba de niña. Creo que era un hombre guapo y que lo sigue siendo. En su porte, como en el de la mayoría de los miembros de su familia materna, hay la desmesura de un físico arrollador que contrasta con un alma delicada, casi impensable en alguien que ha vivido desde los catorce años encima de un barco, con una resistencia física abrumadora, que sin embargo le hace inútil para enfrentar la menor violencia en tierra, cosa que, cuando se produce, mi padre resuelve echando mano de una cortesía más propia de una señora de salón que de alguien criado a golpes de mar.
Entre los muchos tópicos que la literatura ha difundido de la gente del mar, éste es quizás el más equivocado. La fortaleza del marinero, del trabajador del mar, es más la de ángel que la del lobo. Y el mundo, lo que entendemos por tener mundo, el marinero lo adquiere más dentro de la estrechez de su catre que en las ocasionales y furtivas paradas en puertos distantes. El periplo exótico sólo forma parte del imaginario aventurero, pero la verdadera aventura es la del desarraigo y la soledad. Esas personalidades forjadas en la euforia y la desesperación de los avatares en tierra nunca tienen su eco en el alma de un pescador, que es más un ermitaño que un aventurero. Siendo todo lo contrario, mi padre es un hombre de mundo, y sus primos los Relámpagos son para mí como príncipes de un reino perdido, herederos de una estirpe de gigantes que se pasean por la calle con manos en los bolsillos y con las espaldas anchas anunciando a lo lejos su majestad.
La que venía bregada de mil ciudades, acostumbraba a estar sola y llamar a un taxi, acostumbrada a pagar y esperar, a tomar aviones y trenes y metros, más sola cuanto más necesitaba estar con alguien, tan sola a veces, que la simple compañía me parecía humillante, como si las veces que la tenía sólo sirvieran para echarme en cara las cosas que no tenía, yo que sabía renunciar a esto y lo otro, que había constituido mi orgullo en mi independencia, también aquella noche que mi padre se ofreció a acompañarme a la estación quise negarme. Me parecía innecesario y hasta ridículo, una mujer adulta que camina junto a su padre a tomar el autobús a la vuelta de la esquina. Pero el mundo a él no lo había cambiado, él seguía siendo la persona amable que no deja marchar a nadie a las siete de la mañana en medio de la oscuridad.
Que mi padre es un hombre de sentimientos refinados yo ya lo sabía de niña. Que era un hombre de mundo lo descubrí a los quince años durante nuestro primer viaje juntos. A mí, acababan de darme un premio literario en Alcázar de San Juan. Mi padre en esa ocasión estaba en casa, de permiso. No eran vacaciones ni días libres. Era un permiso de unas horas, o unos días, como el de los esclavos. Para recoger el premio teníamos que llegar en coche hasta Lugo. Una vez allí atravesaríamos la meseta en tren hasta Madrid, y desde allí hasta Alcázar, en Ciudad Real. Eran más de mil kilómetros, y en la tierra caliente de don Quijote y Sancho, un lugar en el que mi padre nunca había estado y al que yo no creo que vaya a volver, su termostato de marinero se volvió loco nada más llegar, cuarenta grados a la sombra, pero él encaró aquel viaje con todo su buen humor, como si Alcázar estuviera detrás de la Espiñeira, a la vuelta de Masma. Mi madre nos había dado dinero para los gastos y se le ocurrió comprarle a mi padre una mariconera como las que usaban los veraneantes y que nos dio a mi hermana y a mí para reírnos un mes, peor él la asumió sin problemas. Los marineros, por lo normal, saben llevar cosas en la mano, bolsos, cestos, lo que les caiga. Allí metió él su tabaco, el dinero y el libro de familia. Un detalle que se le ocurrió a mi previsora madre en el último momento.
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'inútil escrutar tan alto cielo, inútil cosmonauta el que no sabe el nombre de las cosas que le ignoran, el color del dolor que no le mata. inútil cosmonauta el que contempla estrellas para no ver las ratas' - manuel vázquez montalbán
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14 junio 2006
17 mayo 2006
Porque conocÍa el nombre de los peces... - de Carlos Barral
El mar, el agua,
mi lugar en el mundo.Genista
Erik Satie - Gnossienne Nº 1
Porque conocía el nombre de los peces...
de Carlos Barral
Porque conocía el nombre de los peces,
aún de los más raros,y el de los caladeros, y las señas
de las lejanas rocas submarinas,
me dejaban revolver en las cestas,
tocarlos uno a uno, sopesarlos,
y comentaban conmigo abiertamente
las sutiles cuestiones del oficio.
Porque entendía de nudos y de velas
y del modo de armar los aparejos,
me llevaban con ellos muchas veces;
me regalaban el quehacer de un hombre.
Sentía con orgullo
enrojecérseme las manos al contacto del cáñamo,
impregnarme
un fuerte hedor a brea y a pescado.
Sabía casi todo de aquella vida simple,
de aquel azar diario y primitivo.
Sólo que aquella ciencia era lujosa.
No supieron contarmeo no pude entender cómo era aquello
en los días peores, las amargas
semanas de paciencia,
cuando el viento del norte
roe las entrañas y se harta la pupila
de escudriñar los cielos,
en los días confusos,
cuando el mar de borrosos contornos
es sólo como un cascote de vidrio
semienterrado en el fango,
un desagradable incidente o una trampa
para los que pasan corriendo
ciegos bajo la lluvia.
A MEDIA VOZ
Carlos Barral - poeta, prosista y editor español [1928 - 1989]
Peces Mediterráneos
Algunas equivalencias de nombres comunes y científicos
http://marenostrum.org/vidamarina/animalia/peces/comunes/
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