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29 mayo 2006

Presos de una fiebre consumista - por Silvia Pisan



- El español austero y ahorrativo parece ser, como la literatura que lo describió y convirtió en personaje, cosa del siglo pasado. El de estos días, en cambio, va por la vida con una bolsa de shopping al hombro, que nutre y engorda, sobre todo, a golpe de tarjeta de crédito.

"Hoy España es consumista", define el sociólogo Ricardo Montoro, ex director del reconocido Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), al definir un ritmo de compra que, si bien con grandes diferencias, alumbra estallidos de memoria del frenesí de los noventa en nuestro país.

El fenómeno parece instalado en esta tierra. "Uno de los principales cambios de nuestra sociedad es que pasó de la cultura del ahorro a la del consumo", coinciden en entidades de consumidores.

Los estudios revelan que España gasta como nunca en su historia. Y que lo hace en cosas que, hasta hace poco, parecían inalcanzables para buena parte de su sociedad: viajes, autos, ropa y diversión. "En este país no hay bar que vaya a la quiebra", suele ser frase repetida.

Hasta la obsesión por prolongar la juventud o por ser más lindos a fuerza de bisturíes y liposucciones exprime billeteras en la otrora austera madre patria: "El 40% de las operaciones son financiadas a crédito", dijeron al diario argentino ?La Nación? en Corporación Dermoestética, la mayor cadena local dedicada a la cirugía estética.

El dato revela la otra cara del fenómeno. Y es que, metidas en este frenesí de gasto y de alergia al ahorro, las familias españolas tienen cada vez menos dinero, lo que las obliga a apelar al crédito, a la hipoteca y a la deuda para mantener un ritmo de consumo que empieza a encender alarmas.

"No menos del 41% de los españoles apelan a la tarjeta de crédito para llegar a fin de mes", advierten en la Confederación Española de Organizaciones de Amas de casa, Consumidores y Usuarios (Ceaccu).

En confianza, una directora de sucursal madrileña en un banco de primera línea lo explicó así: "El dinero no alcanza, pero el gasto en consumo no baja. Eso lleva a que cada vez más se pidan préstamos sobre préstamos; esto es, un nuevo crédito para poder hacer frente a las cuotas de otro anterior", dijo.

Su revelación calza con los anuncios que se ven a diario por televisión, donde el furor son los "créditos rápidos" por 3000 euros, que se conceden sin mayor papeleo.

Y, pese a la publicidad que promete "terminar con el problema de las múltiples cuotas por pagar", la otra cara de tanta facilidad aparente suele estar en los altísimos intereses que cargan y que suelen considerarse cercanos a la "usura", según definió Fernando Herrero, presidente de la Asociación de Usuarios de Bancos, Cajas y Seguros (Adicae).

La proliferación de estas facilidades se ha convertido en un dolor de cabeza para el Banco de España, la entidad reguladora del sistema. Su presidente, Jaime Caruana, ha recomendado ya que se intente evitarlas, al tiempo que advierte, con frecuencia creciente, contra el ritmo de gasto.

De hecho, pese a la prédica del funcionario contra el riesgo de caminar por la cornisa, el tirón de consumo al que se lanzó buena parte de la sociedad española hace que el sector de los créditos rápidos viva un auténtico auge. "Hace tres años sólo había tres empresas otorgándolos. Ahora son más de diez y el sector sigue creciendo", dijo Phillipe Santini, directivo del Banco Sygma.

La corriente es tan fuerte que hasta la banca tradicional quedó atrapada y no escatima esfuerzos para ofrecer a sus clientes "créditos instantáneos" que no han pedido. No son pocos los que muerden el anzuelo, toman lo que nunca solicitaron y suman su aporte a la espiral del gasto.

¿Cómo explicar semejante cambio? Desde la sociología se apunta que pocas comunidades, como la española, vivieron una transformación tan profunda en un período tan corto. Hay impactos tan profundos como el boom migratorio, la creciente laicidad y, últimamente, el consumo.

Un cambio vertiginoso

"El problema está precisamente en la celeridad. Ha sido un cambio tan rápido que la cultura financiera de muchos consumidores españoles no está preparada para las campañas agresivas de consumo de que son objeto", añadió Herrero.

Desde la economía, en tanto, se mira más "el paraíso de la tasa baja" en que se ha convertido el país, con créditos -sobre todo en el rubro hipotecario- que facilitan el gasto. Hoy el Euribor -la tasa para intercambiar depósitos en euros- no llega al 3%, contra el 15 por ciento que cobraba el mercado interbancario a principios de los 90.

Las estadísticas, por lo pronto, apuntalan el argumento. En ocho años, el crédito al consumo duplicó su volumen en el país, hasta situarse en los 63.000 millones de euros en que ronda ahora, lo que equivale al 8 por ciento del PBI.

No es sólo cuestión de comprar casas: hoy los españoles financian a crédito no menos de 14 euros de cada cien de sus gastos cotidianos. El dinero barato es para dos de sus generaciones casi toda una novedad que incita al gasto. Y así sigue la calesita que, sin embargo, inquieta -y mucho- a las autoridades monetarias.


GLOCALIA
15/05/06

10 mayo 2006

Las escuelas atraviesan una crisis de sentido - por Jorge Eduardo Noro

Hay que abolir la escolaridad moderna para crear una nueva estructura acorde con los tiempos

La escuela es un producto histórico, una verdadera construcción cultural sometida a las condiciones de aparición y de construcción de la civilización occidental. Pero la escuela ya no es lo que era y está envuelta en una crisis compleja que la mayoría de los actores prefieren atribuir a causas externas: el gobierno, la organización, el sistema, las reformas, el descuido de las familias, el desinterés de los alumnos, la falta de profesionalismo de los docentes, la infraestructura, el presupuesto, etc. Pero la realidad es que vivimos una nueva edad y nos hemos olvidado de recrear para esta nueva edad las instituciones que puedan responder a los verdaderos principios (constructores de nichos de valores y de humanidad) y al mismo tiempo satisfacer pragmáticamente a las demandas del presente.


Normalmente nos acostumbramos al funcionamiento de las instituciones y concluimos que la presencia de las mismas en nuestra sociedad y en nuestra cultura es imprescindible, necesaria, natural. Se asocian a una temporalidad indefinida: existen desde siempre y para siempre.

Algo así sucede con las escuelas. Habituados a ellas, instaladas en el paisaje de la modernidad, familiarizados con su funcionamiento y deudores en mayor o en menor grado de sus beneficios suponemos que toda educación se asocia y se concentra necesariamente en la escuelas y que su eventual desaparición o metamorfosis representaría un verdadero caos para la cultura y la humanidad.

Sin embargo, la escuela es un producto histórico, una verdadera construcción cultural sometida a las condiciones de aparición y de construcción en un momento dado de la civilización occidental. Por lo tanto, solamente el esfuerzo por desnaturalizarla habilita la posibilidad de un cambio verdadero, de una auténtica transformación, de una adecuación real, efectiva, productiva a las necesidades y demandas del mundo que vivimos y al futuro que nos espera.

Demasiado apegados a las formas históricas, artificialmente atrincherados en la repetición fiel de lo que siempre se hizo y se hace, nos cuesta asumir una perspectiva histórica para rescatar los aspectos esenciales que nunca podrán negociarse y determinar los aspectos determinados por los contextos que necesariamente deben ser reconstruidos al calor de los cambios producidos por la sociedad y las ideas.

Lo que aun hoy entendemos por escuela no nos remite necesariamente a los orígenes de la civilización o la tradición cultural greco-romana, ni siquiera a las variadas y alternantes formas de educación producidas a lo largo de la edad media. Lo que denominamos y reconocemos como escuela es un producto específico de la modernidad. Solo en el contexto de la compleja trama que acompaña la conformación del período moderno podemos encontrar los elementos constitutivos de la escuela.

Desarticulada la estructura medieval, bombardeada por una serie de transformaciones que revolucionaron el curso de las ideas y redefinieron las instituciones y la forma de vida, fue necesario crear una institución que oficiara de referente y que le otorgara sentido, desarrollo y continuidad a las nuevas configuraciones sociales.

Afianzar ideas

La educación deja de ser un territorio privado apenas recorrido por los diversos poderes, para convertirse en un espacio público, verdadero instrumento de invasión, control y combate: planificar la educación y darle el curso necesario implicaba encontrar un instrumento disponible para la transformación de las estructuras.

Rota la unidad cristiana, disuelta la seguridad de las ideas y de las creencias, envueltos en una nueva concepción del tiempo y del espacio, invadidos por una visión renovada de la sociedad, del poder y del estado, desconcertados por el nacimiento de una nueva ciencia asociada a la tecnología, preocupados por definir criterios gnoseológicos y metodológicos racionales y de validez universal, la sociedad y los hombres modernos fueron descubriendo y construyendo en la escuela el medio para afianzar las ideas, difundir las verdades, desarrollar la razón, transmitir la cultura, formar en la fe, preparar a los súbditos o ciudadanos, generar fuerza de trabajo, contagiar de entusiasmo a los futuros soldados, disciplinar a la población.

No es que antes de la modernidad no hayan existido diversas formas escolarizadas de educación, sino que es la modernidad la que, descubriendo el valor de la escuela, le otorga paulatinamente a la lógica de la educación escolarizada, el formato necesario para convertirla en el instrumento social que necesita, al tiempo que la convierte en una institución con identidad y fuerza propia.

A partir de entonces la educación se identifica con la escuela y ambas se convierten en un recurso asociado al desarrollo de las ideas fundamentales de la modernidad. Las diversas instituciones y los circuitos de poder encuentran en la escuela su oficina de difusión más efectiva y más fiel. Cuanto más productiva sea su presencia mayor respaldo recibirá la escuela, fortaleciendo su presencia en la sociedad.

A partir de entonces, la escuela creció y se desarrolló respondiendo ­ como espejo fiel ­ al desarrollo hegemónico del proyecto moderno. Su coherencia respondió, sobre todo, a la reproducción de los discursos vigentes y a la fidelidad con que reprodujo en el plano discursivo y en la definición de sus estrategias - enseñanza, aprendizajes, transmisión de la cultura, moralización y formación de habilidades básicas - la difusión de las grandes ideas, programas y desafíos de la modernidad.

Criatura de las iglesias

La escuela fue tácitamente negociando con sus diversos promotores, manteniendo una estructura o matriz original, pero con predisposición a responder a las demandas presentadas: la consolidación de los diversos circuitos de la cristiandad acompañaron la original formación religiosa del período de la reforma, pero luego, fue el estado el que se apropió del modelo para crear los súbditos necesarios para asegurar el despotismo ilustrado o la progresiva formación de los ciudadanos conscientes de sus derechos y de sus deberes en el contextos de las nuevas ideas de la ilustración y la revolución francesa, y luego aparecieron los conquistadores y colonizadores de los nuevos territorios, los signatarios de los nuevos contratos sociales, los soldados y los patriotas de las cruzadas napoleónicas o prusianas, los trabajadores obedientes y productivos de la revolución industrial, los burgueses cultos e ilustrados dueños de la civilización y de la cultura, los activos hombres de negocios y de empresa del capitalismo naciente, los defensores de la democracia como la mejor forma de gobierno.

En la base de toda su gigantesca acción y de su presencia creciente y universal, subyacen las ideas fundamentales que ­como comunes denominadores ­ recorren las enunciadas respuestas a los diversos proyectos de la modernidad. La escuela articuló la sociedad y creó el hombre moderno, tuvo una presencia ontologizante en medio de sus funciones culturales y pedagógicas, y esa producción fue un propósito deliberado, racional, universal, necesario.

Ese hombre moderno se modeló en la escuela moderna: allí descubrió una manera distinta de concebir y utiliza el tiempo, de organizar y conquistar el espacio, de manejar y aplicar sus ideas, de negociar pragmáticamente sus creencias, de descubrir sus potencialidades productivas. Pero sobre todo, el hombre moderno (el que se necesitaba como súbdito, ciudadano, soldado, trabajador, empresario, colonizador, gobernante) debió constituirse previamente como un hombre moralizado, civilizado, obediente, controlado, disciplinado, vigilado, subordinado, clasificado, distribuido, productivo, envuelto en las categorías y en la tradición cultural vigente.

La interpretación de la presencia y la función de la escuela en el contexto de la modernidad han sido reiteradamente abordados ­con diversas acentuaciones y perfiles ideológicos ­en diversos trabajos de historia de educación de los últimos años. Lo que nos interesa aportar y profundizar ­en el origen de la lógica de la escuela moderna ­es la matriz eclesiástica que la generó y la puso en marcha.

Las iglesias fueron las primeras que ­producida la ruptura de la unidad cristiana ­interpretaron que a la prédica de los templos y a la tarea de evangelización se le debía sumar para reforzar una labor educativa escolar que afianzara a los feligreses en su creencias o que conquistara ­para convertirlos ­nuevos fieles. Entre el siglo XV y los albores del siglo XVIII, los diversos representantes de la Iglesias cristianas proclamaron y postularon el valor, la vigencia y la necesidad de las escuelas, pero ­sobre todo ­ pusieron manos a la obra para organizarlas, darles forma, determinar su estructura, hacerlas funcionar.

Es verdad que no crearon todo de la nada y que aprovecharon algunas experiencias previas de las que ellos mismos habían participado, pero el esfuerzo definitivo, la verdadera matriz que dio a luz la escuela moderna fue sobre todo la proyección de la estructura eclesial sobre la nueva institución. Los fundadores no podían desprenderse de la carga religiosa que portaban y tradujeron en la nueva institución lo que poseían y disfrutaban en el ámbito religioso y eclesial.

De esta manera la organización del espacio y especialmente de las aulas, la distribución meticulosa del tiempo, la articulación de los horarios y de los calendarios, la función vocacional y apostólica del maestro, la consideración de los niños (con el descubrimiento y el reconocimiento de la infancia), la organización de los contenidos y la secuenciación de los mismos, la metodología de la enseñanza y el aprendizaje, no son más que proyecciones del espacio, el tiempo, los ministros, los feligreses, las lecturas, la catequesis, el encierro, la sacralidad, la ritualidad de las iglesias, con las diversas acentuaciones que aportaron los variados credos.

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Día escolar de la no violencia. Ólvega (Soria).-


La matriz eclesiástica fue la responsable de los inicios, pero no pudo mantener bajo su tutela la nueva criatura: la escuela nació y se fortaleció en los dos siglos que funcionó bajo la exclusiva tutela religiosa (aproximadamente, desde 1530 a 1730), pero cuando alcanzó la madurez se convirtió en objeto de deseo y apropiación por parte de los poderes hegemónicos que la comenzaron a utilizar para sus propios fines. El estado,la política, la economía, los gobiernos, las fuerzas de conquista, comprendieron el valor de la nueva institución y la asociaron en sus proyectos.

La escuela moderna se volvió definitivamente universal, obligatoria, presuntamente libre, objeto de legislación y control. Cuando en el siglo XIX la casi totalidad de los estados redactaron sus leyes, armaron sus sistemas educativos y determinaron la escuela que necesitaban, no hicieron mas que cerrar de manera formal y legal una progresiva etapa de apropiación.

Lo curioso es que la matriz eclesial configuró un formato que ya nadie cambió: la escuela se mantuvo fiel a la estructura original. El proceso de secularización progresiva y universal de las instituciones modernas, no le impidió prolongar en la escuela numerosos rituales y una sacralidad generalizada.

Aunque fueron sustituyéndose o adicionándose los mensajes y los principios, los mecanismos de organización siguieron siendo los mismos, aunque respondiendo a otras ideas. La matriz inicial aportó el hardware; los sucesivos usuarios fueron cambiando los software. De alguna manera el hardware condiciona el software, pero también es cierto que sobre la base de una máquina disponible cada uno puede cargar en ella lo que supone que sirve y necesita, y transformarla en un instrumento a su servicio.

Excede nuestras posibilidades efectuar aquí un recuento y un análisis de las numerosas críticas que, especialmente desde la década del 60, se vienen haciendo a la escuela, a su funcionamiento y a su significatividad. Si la escuela vivió su momento de gloria en la modernidad - al punto tal que ambas se identificaban - hace algún tiempo que la institución padece algunos males que muchos prefieren silenciar e ignorar y otros optan por denunciar. Desde sus orígenes las escuelas fueron objeto de observaciones y críticas con respecto a su funcionamiento efectivo; lo que ahora se le suma es la discusión en torno al sentido mismo de la escuela, a su permanencia y continuidad.

Crisis compleja

La escuela no es lo que era. La efectividad de cinco siglos la ha depositado en nuestros días envuelta en una crisis compleja. Como en la sociedad se ha instalado la creencia en el carácter natural de su presencia, la mayoría de los actores vinculados con la escuela moderna prefieren atribuir sus males a causas externas: el gobierno, la organización, el sistema, las reformas, el descuido de las familias, el desinterés de los alumnos, la falta de profesionalismo de los docentes, la infraestructura, el presupuesto, etc. Todas estas causas contribuyen a deteriorar la presencia real y simbólica de la escuela, pero nosotros pensamos que la razón debemos buscarla en otro lugar.

Si la escuela es producto y expresión de la modernidad, si fue su fiel intérprete, y terminó sostenida por una época histórica caracterizada por la seguridad, la racionalidad, la omnipotencia, el progreso, la confianza en el futuro y la fortaleza de la humanidad, la escuela no pude subsistir sin la presencia y los caracteres de la modernidad.

La modernidad ha entrado en crisis y sus principios han sido bombardeados principalmente a partir de los últimos treinta años del siglo XX: las ideologías han muerto, el progreso no es seguro, la omnipotencia ha dado lugar a la fragilidad, han muerto las utopías, el sueño de una historia en permanente avance ha cedido ante un presunto fin de la historia y clausura de las alternativas sociales, están bajo sospecha conceptos tales como revolución, patria, nacionalidad, territorios, creencias, y hasta el pensamiento fuerte de la razón ha cedido ante el avance de la razón débil, los conocimientos emocionales, intuitivos, aproximativos, borrosos, fragmentarios.

A la escuela no sólo le han quitado la modernidad, sino que le han cambiado el escenario: sigue representando su papel, pero son otros los actores que han entrado a escena, tienen otro libreto, han modificado el paisaje, el público está sentado esperando otras cosas.

La escuela ­ casi en un esfuerzo autista ­ persiste en sentirse bien, de lograr sus objetivos, en responder a presuntas demandas, pero lo cierto es que casi no habla, no puede levantar su voz, apenas si logra despertar la atención y hacer que la escuchen. Nadie quiere destruirla, sacarla del escenario, matarlas pero han cambiado de tal manera los códigos que no hay forma de lograr el entendimiento, y sobrevive más por tradición que por demanda genuina.

Déficit de futuro

El problema no radica solamente en tener alumnos posmodernos en escuela modernas, sino de tener una escuela moderna en un mundo posmoderno, estimulados por otras urgencias, guiados por otros principios, demandados por otras pautas. Se trata de un enfermo a quien se le observan y describen los síntomas, sin llegar a su enfermedad de base, aquella que produce los innumerables efectos que pretenden curar los diversos especialistas: escuela vacía, ausencia de valores, desinterés de los alumnos, ausencia de las familias, disminución en los rendimientos, violencia generalizada, abandono de los verdaderos problemas, desactualización de los contenidos, problemas con los docentes. El mal de fondo es esta estructura moderna, este prodigioso invento que se mantiene y resiste en un territorio que no es el propio, huérfano de respaldos efectivos y de un corpus de ideas que le permita remontar de nuevo vuelo.

En síntesis lo que la escuela actual padece y vive como déficit para el futuro inmediato es:

(1º) la ausencia de relatos fundantes que operen como respaldo legitimadores de todas las acciones educativas;

(2º) los cambios de los roles y de la presencia del estado que ­en la práctica ­ha descuidado el interés específico por la educación escolarizada aunque siga ocupándose de ella;

(3º) la presencia de una estructura o matriz que funcionó a la perfección en el pasado pero que sobrevive traicionando los fines para las que fue creada.

Cada una de estas afirmaciones requeriría sucesivos artículos para fundamentar y dar cuenta de ellas.

No se trata de desescolarizar (tendencia que ha cosechado adeptos de diversos signos ideológicos), sino de abolir el formato de la escolaridad moderna para crear una nueva estructura acorde con los tiempos en marcha. Todo intento de remediar lo que se tiene es un esfuerzo vano, una pasión inútil.

Nueva edad

Necesitamos tener el mismo atrevimiento que tuvieron los fundadores en los albores de la modernidad que supieron procesar su propia experiencia y los datos del pasado para crear una estructura nueva, cuya vitalidad alimentó a la humanidad durante cinco siglos. Vivimos una nueva edad y nos hemos olvidado de recrear para esta nueva edad las instituciones que puedan responder a los verdaderos principios (constructores de nichos de valores y de humanidad) y al mismo tiempo satisfacer pragmáticamente a las demandas del presente.

Necesitamos nuevas estructuras, una nueva concepción del tiempo, del espacio, de las relaciones, de la cultura, del control, de la organización, del funcionamientos para que puedan responder a las posibilidades y demandas de los actuales usuarios: alumnos, docentes, familia, sociedad.

Necesitamos otra visión de la educación y un ojo crítico, profético y constructivo sobre la escuela, para que nada nos paralice sino que nos movilice. No se trata de cerrar los ojos para ignorar las deficiencias, ni es prudente naufragar en una crítica autodestructiva. Criticar para proponer y crear. Tal vez una hermenéutica desprejuiciada de los albores de la modernidad, sobre los escritos y los testimonios de quienes fueron los pioneros nos permita encontrar nuestro propio camino y el futuro que golpea nuestras puertas.

________

* Jorge Eduardo Noro es Profesor en filosofía y pedagogía.

Especialización en filosofía. Profesor en Letras. Doctor en Educación. Profesor y Director Institucional del nivel superior en la formación de docentes y profesor universitario de grado y de postgrado. Especialidad en Historia del pensamiento y de la educación, Filosofía de la educación y mundo contemporáneos y nuevas alternativas para la educación. Obras publicadas (además de numerosos artículos): Filosofía, Historia, problemas, vida (1997, 1998, 2003); Escuela posible, educación necesaria (2000, 2001) y Pensar para educar. Filosofía y Educación (2005).

TENDENCIAS 21

08 mayo 2006

Carta desde el futuro - por Richard Heinberg

¡Os saludo, gentes del año 2001! Están viviendo en el año en que nací; yo cuento ahora cien años, y les escribo desde el año 2101. Estoy haciendo uso de los últimos remanentes de la física avanzada que los científicos desarrollaron durante la era de Uds., para enviarles este mensaje electrónico, que envío al pasado para que les llegue a sus redes informáticas. Espero que lo reciban, y que les proporcione motivos para detenerse y reflexionar sobre su mundo y las medidas a adoptar teniéndolo en cuenta.

De mí mismo sólo contaré lo que es necesario contar: soy un sobreviviente. He tenido una suerte extraordinaria en multitud de ocasiones y de muchas maneras, y considero que es una especie de milabro que pueda estar hoy aquí componiendo este mensaje. He pasado gran parte de mi vida intentando labrarme una carrera como historiador, pero las circunstancias de la vida me han obligado a aprender y practicar los oficios de agricultor, forrajeador, guerrillero, ingeniero ? y ahora: físico. Mi vida ha sido larga y azarosa ... pero no he hecho todos estos esfuerzos para transmitiros esto. Son todos los acontecimientos que he presenciado durante este siglo lo que me siento obligado a contarles de esta forma tan extraordinaria.

Están Uds. viviendo el final de una era. Quizá no lo entiendan. Espero que cuando hayan terminado de leer esta misiva lo entiendan.

Quiero contarles lo que es importante que conozcan, aunque es posible que les parezca que alguna de esta información es difícil de digerir. Les ruego que tengan paciencia conmigo. Soy un hombre viejo, y no me queda tiempo para detalles amables. Si lo que les cuento les resulta increíble, considérenlo como ciencia ficción. Pero por favor: Presten atención. El artilugio comunicativo que estoy usando es bastante inestable y no hay mucha seguridad de cuánto de lo que les cuente consiga alcanzarles. Por favor: pasen esta información a los demás. Probablemente sea el único mensaje de este tipo que reciban jamás.

Como no sé cuánta información voy a poder transmitirles empezaré con los temas más importantes, los que sean de mayor utilidad para que puedanentender hacia dónde se dirige el mundo de Uds.. La energía ha sido el principio organizador central -¿o debería decir desorganizador? - de los siglos diecinueve y veinte. La gente descubrió nuevas fuentes de energía ? carbón, y más tarde petróleo ? en el siglo diecinueve, y luego inventó todo género de nuevas tecnologías para usar esta energía recién descubierta. El transporte, la manufactura, la agricultura, la iluminación, la calefacción ? todos sufrieron una revolución, y los resultados alcanzaron hasta lo más profundo de las vidas de todos en el mundo civilizado. Todo el mundo se volvió profundamente dependiente de nuevos artilugios; de los alimentos traídos de lejos y fertilizados con productos químicos; de medicamentos  elaborados mediante síntesis químicas y a partir de procesos industriales dependientes de combustibles fósiles; de la misma idea del crecimiento perpetuo (después de todo, siempre sería posible producir más energía para el transporte y las manufacturas, ¿no?). Pues bien, si los siglos diecinueve y veinte representaron la parte ascendente de la curva de crecimiento, este siglo pasado ha sido la parte descendente ? la caída en picado. Debería haber resultado perfectamente obvio para  todo el mundo que las fuentes de energía con las que contaban eran agotables. Sin embargo, de algún modo esta idea nunca penetró muy profundo. Supongo que es porque la gente tiende a acostumbrarse a un determinado estilo de vida, y a partir de ese momento ya no le presta demasiada consideración. Lo mismo pasa hoy también. La gente joven ahora nunca ha conocido ninguna cosa realmente diferente; nuestro estilo de vida les parece de lo más natural -escarbando entre los restos de la civilización industrial en busca de cualquier cosa que pueda tener una utilidad inmediata  - como si fuera esta la forma en la que la gente hubiera vivido siempre, como si esta hubiera sido la forma a la que aspirábamos a vivir. Es por eso por lo que siempre me ha atraíd la historia, de modo que pudiera obtener alguna perspectiva de las sociedades humanas y cómo cambian con el tiempo. Pero me estoy yendo por las ramas. ¿Dónde me había quedado?

Sí, la crisis de la energía. Bueno, todo comenzó más o menos en el momento en que nací. La gente entonces pensaba que iba a ser breve, que se trataba tan sólo de un problema técnico o político, que pronto todo volvería a la normalidad. No se paraban a pensar que "normal", en un sentido histórico amplio, suponía vivir de la energía solar entrante y del crecimiento vegetativo de la biosfera. Perversamente, pensaban que "normal" significaba poder utilizar la energía fósil como si no existiera el mañana. Y supongo que casi dejó de existir ese mañana. Fue la clásica profecía que se cumple a sí misma ? casi.

Primeramente mucha gente pensó que los cortes podrían ser resueltos con "tecnología". Lo cual, retrospectivamente, resulta bastante absurdo. Después de todo, todos sus modernos artefactos habían sido inventados para emplear una abundancia temporal de energía. No producían energía. Si, claro, estaban los reactores nucleares (¡Dios mío, estos chismes resultaron ser una pesadilla!), pero costaban tanta energía de construir y de desmantelar que la energía que producían durante su vida útil apenas la recuperaban, en términos energéticos. Lo mismo sucedía con los paneles fotovoltáicos; parece que nadie se paró nunca a calcular cuánta energía se necesitaba realmente para fabricarlos, empezando por las microplaquetas de silicona que se producen de forma secundaria por la industria informática, e incluyendo la construcción de las propias fábricas. Resultó que la fabricación de los paneles consumía casi tanta energía como la que producían los propios paneles durante su vida útil. Sin embargo, se construyeron unos cuantos ? ¡ojalá se hubieran construido más! - y muchos de ellos aún funcionan (son los que ahora mismo están alimentando el artilugio que me permite enviarles esta señal desde el futuro). La energía solar era una buena idea; el principal motivo de su retroceso simplemente fue que era incapaz de satisfacer la voracidad energética de los hábitos de la gente. Al agotarse los combustibles fósiles, ninguna tecnología podría haber mantenido los estilos de vida a los que la gente se había acostumbrado. Sin embargo, tardaron bastante en darse cuenta. Su patética fe en la tecnología resultó tener un carácter religioso, como si sus artilugios fueran objetos votivos que los conectaran con un dios invisible pero omnipotente, capaz de darle la vuelta a las leyes de la termodinámica.

Naturalmente algunos de los primeros efectos de la disminución de la energía tomaron la apariencia de recesiones económicas, seguidas de depresiones sin fin. Los economistas habían estado operando sobre la base de su propia religión ? una fe absoluta e inconmovible en el Dios-Mercado; en la ley de la oferta y la demanda. Pensaron que si el petróleo empezaba a acabarse, el precio subiría, ofreciendo incentivos a la investigación de energías alternativas. Pero los economistas nunca se tomaron la molestia de reflexionar a fondo. Si lo hubieran hecho, se habrían dado cuenta de que la reconversión total de la infraestructura energética de una sociedad necesitaría décadas, mientras que pudiera ser que la señal que el precio emitía por la disminución de la energía tardara tan sólo unas semanas o meses antes de que se necesitara el hipotético reemplazo. Más aún, deberían haberse dado cuenta de que para los recursos energéticos de base no existen reemplazos.

Los economistas sólo sabían pensar en términos de dinero: las necesidades básicas como el agua y la energía sólo aparecían en sus cálculos en términos de su coste en dinero, lo que hacía que funcionalmente fueran intercambiables por cualquier otra cosa a la que se pudiera poner un precio: naranjas, aviones, diamantes, cartas de póker, cualquier cosa. No obstante, si se analiza a fondo, se ve que los recursos básicos en absoluto eran intercambiables con otros: una vez se acababa el agua, no podías beber cartas de póker, por muy valiosa que fuera tu colección. Tampoco podías comer con las monedas si nadie tenía alimentos que vender. Y así, a partir de un determinado momento, la gente empezó a perder la fe en su dinero. Y a medida que lo iban haciendo, se dio cuenta de que la fe había sido el primer factor que hacía que el dinero tuviera algún valor. Las monedas fueron colapsando, primero en un país, luego en otro. Había inflación, deflación, trueques y pillaje a escalas inimaginables, a medida que iban acabándose las cosas.

En la era en que nací, los comentaristas solían equiparar la economía global con un casino. Unas pocas personas obteniendo trillones de dólares, euros y yenes a través del comercio de monedas, compañías y operaciones a futuro. Ninguna de estas personas hacía realmente nada útil; simplemente realizaba sus apuestas y, en numerosas ocasiones, obtenía ganancias colosales. Si seguías la cadena económica, podías ver que todo el dinero salía de los bolsillos de la gente común ... pero esa es otra historia. De todos modos: toda esa actividad económica dependía de la energía, del transporte y las comunicaciones a escala global, y de la fe en las monedas. A principios del siglo veintiuno el casino quebró. Gradualmente empezó a funcionar una nueva metáfora. Del casino global pasamos al rastro municipal.

Disponiendo de año en año de menos energía, y con monedas inestables lastrando las transacciones,  la fabricación y el transporte redujeron su escala. Daba igual lo poco que Nike pagara a sus obreros en Indonesia: una vez que el transporte marítimo alcanzó niveles prohibitivos, los beneficios de la globalización de sus operaciones se desvanecieron. Sólo que Nike no podía simplemente empezar a reconstruir sus fábricas en los Estados Unidos, porque llevaban cerradas décadas. Lo mismo sucedió con todos los demás fabricantes de productos textiles, electrónicos, etc. Toda la infraestructura de fabricación local había sido destruida en aras de la globalización, para producir bienes más baratos y beneficios empresariales mayores. Y ahora reconstruir aquella infraestructura requeriría una ingente inversión financiera y energética ? justo cuando el dinero y la energía empezaban a escasear.

Las tiendas estaban vacías. La gente no tenía empleo. ¿Cómo iban a sobrevivir? La única forma de hacerlo era reciclando sin cesar todas las cosas usadas que habían sido fabricadas antes de la crisis de la energía. Al principio, después de los shocks iniciales, que vinieron en forma de oleadas, la gente vendía sus cosas en subastas por internet ? cuanto había electricidad. Luego, cuando resultó evidente que la falta de un transporte eficiente hacía problemático el aprovisionamiento de bienes, la gente empezó a comerciar con cosas, arreglándolas, usándolas en la medida de lo posible para salir adelante. La cruel ironía era que la mayoría de sus cosas consistían en coches y artefactos electrónicos, para los que ya nadie tenía uso. ¡Eran inútiles! Cualquiera que tuviera herramientas manuales y supiera usarlas podía considerarse rico. Y así sigue siendo.

La civilización industrial ciertamente había producido muchísimas cosas inútiles durante su breve existencia. Durante los últimos cincuenta o sesenta años, la gente ha empezado a desenterrar cualquier montaña artificial que encontrara, en busca de algo que resultara tener alguna utilidad. ¡Qué montones de basura más horribles! Con todos los respetos, siempre me ha costado entender por qué ? e incluso cómo ? Uds. podían tomar billiones de toneladas de valiosísimos y antiquísimos recursos básicos y convertirlos en montañas de basura maloliente, sin que apenas mediara un período de empleo útil entre ambos! ¿No podrían al menos haber fabricado objetos duraderos y bien diseñados? Debo decir que la calidad de las herramientas, muebles, casas, etc. que hemos heredado de Uds. - y que nos vemos obligados a utilizar, dado que pocos de nosotros podemos permitirnos el lujo de reemplazarlos ? es desmoralizadoramente pequeña.

Bueno, pido disculpas por estos últimos comentarios. No pretendo ser grosero. En realidad algunas de las herramientas manuales que han quedado son bastante buenas. Pero tienen que entenderme: el estilo industrial de vida al que Uds. se han acostumbrado va a tener terroríficas consecuencias para sus hijos y sus nietos. Vagamente consigo recordar haber visto ? cuando era muy joven y tenía quizá cinco o seis años ? algunos viejos programas de televisión de la década de 1950: Ozzie and Harriet ... Father Knows Best ... Lassie. Retrataban un mundo ingenuo, en el que los niños crecían en pequeñas comunidades rodeados de amigos y familiares. Los adultos, que eran amables y sabios,  conseguían resolver con facilidad todos los problemas. Todo parecía estable y benigno.

Cuando yo nací ese mundo, si es que alguna vez existió, ya había desaparecido hacía tiempo. En los tiempos en que ya tuve edad suficiente para enterarme de mucho de lo que pasaba por todo el mundo, la sociedad parecía empezar a reventar por sus costuras. Empezó con los apagones eléctricos ? al principio era de unas pocas horas. Luego llegó la escasez del gas natural. No sólo fue que pasábamos frío la mayor parte del invierno, es que lo de los apagones empeoró dramáticamente porque gran parte de la electricidad se producía a partir de gas natural. Y luego vino la escasez de petróleo y gasolina. Llegado ese momento ? supongo que sería un adolescente por entonces ? la economía estaba hecha jirones y en lo político reinaba el caos.

Cuando estaba saliendo de la adolescencia empezó a desarrollarse una determinada actitud, fácil de identificar, entre la gente joven. Era un sentimiento de gran rabia hacia cualquiera que tuviera más de una determinada edad ? puede que los treinta o cuarenta años. Los adultos habían consumido tantos recursos ? y ahora no quedaba nada para sus propios hijos. Naturalmente, cuando esos adultos habían sido jóvenes se habían limitado a hacer lo que hacía todo el mundo. Les parecía normal talar bosques centenarios para obtener pulpa con la que fabricar guías telefónicas, o consumir hasta el último litro de gasolina para sus derrochadores todoterrenos, o enchufar el aire acondicionado a poco que tuvieran un poco de calor. Para los niños de mi generación todo esto no ocupa más que una nebulosa en su memoria. Lo que nosotros hemos conocido es otra cosa. Nosotros hemos vivido en la oscuridad, con carestía de alimentos y de agua, con saqueos en las calles, con gente pidiendo limosna en las esquinas, con unos fenómenos meteorológicos imprevisibles, con contaminación y basura que ya no podían ser recogidos y ocultados a la vista. Para nosotros, los adultos eran el enemigo.

En algunos lugares, las guerras entre generaciones siguieron en forma de resentimientos encubiertos. En otros hubo ataques aleatorios a gente mayor. En otros, existieron purgas sistemáticas. Me avergüenza reconocer que, aunque no ataqué físicamente a gente mayor, sí participé cuando se les insultaba y avergonzaba públicamente. Esa pobre gente ? alguna aún bastante joven, visto desde mi edad actual ? estaban tan confundidos y traicionados como nosotros mismos. Ahora sí puedo ponerme en su lugar. Intenten hacer lo mismo: intenten recordar la última vez en que fueron a una tienda a comprar algo y la tienda no lo tenía. (Este pequeño ejercicio mental constituye realmente un desafío para mí, pues hace décadas que no piso realmente una "tienda" que tenga mucho de nada, pero estoy intentando expresarlo en términos que Uds. puedan entender.) ¿Se sintieron frustrados? ¿Se enfadaron pensando: "He recorrido un camino tan largo para esta cosa, y ahora tengo que cruzar la ciudad para ir a otra tienda para conseguirla."? Bueno, multipliquen esta frustración y esta rabia por cien, o por mil. La gente pasaba a diario por estos trances, para cualquier objeto que necesitaran consumir, cualquier servicio, cualquier necesidad burocrática a la que se hubieran acostumbrado. Más aún, esos adultos habían perdido la mayoría de sus pertenencias al reventar la economía. Y ahora pandillas de jovencitos les robaban lo poco que les quedaba, insultándoles al hacerlo. Debió de ser una experiencia devastadora para ellos. Insoportable.

Ahora que yo mismo soy un anciano, me siento más tolerante hacia la gente. Todos estamos intentando sobrevivir, haciendolo lo mejor que podemos.

Supongo que sentirán Uds. curiosidad acerca de lo que ha pasado durante este último siglo ? política, guerras, revoluciones, etc. Bueno, les cuento lo que sé, pero hay muchas cosas que desconozco. Durante los últimos sesenta años no hemos tenido nada parecido a una red global de comunicaciones, tal como existía antes. Hay amplias partes del mundo de las que no sé prácticamente nada. Pero les contaré lo que sé.

Como podrán imaginar, cuando la escasez de recursos energéticos golpeó a los Estados Unidos y la economía empezó a caer en picado (es curioso que aún use esa expresión: sólo los más viejos entre nosotros, como yo mismo, han visto nunca caer en picado un avión o tan sólo volar), la gente empezó a enfadarse y a buscar un culpable a quien echar las culpas. Naturalmente, el gobierno no quiso ser el culpable, de modo que los bastardos que estaban en el poder (lo siento, sigo sin tener ninguna simpatía hacia ellos) hicieron lo que los líderes políticos siempre han hecho: crearon a un enemigo exterior. Enviaron barcos de guerra, bombarderos, misiles y tanques al otro lado del océano con propósitos de lo más siniestros. A la gente le decían que lo hacían para proteger su "Estilo de Vida Americano". Bueno, no existía nada sobre la tierra que pudiera conseguirlo. ¡Era el "Estilo de Vida Americano" lo que constituía el problema!

Los generales consiguieron matar unos pocos millones de personas. De hecho pueden haber sido decenas o cientos de millones; los informativos nunca fueron muy claros al respecto, ya que estaban censurados por los militares. Había protestas contra la guerra en las calles, y persecuciones de gente que protestaba contra la guerra ? a algunos de ellos los detuvieron y los metieron en campos de concentración. El gobierno se volvió totalmente fascista en sus métodos hacia el final. Existían levantamientos locales, que eran sofocados brutalmente. Pero no sirvió de nada. Las guerras tan solo agotaron los escasos recursos que quedaban, y después de cinco años terribles, el gobierno central simplemente se fue a pique. Se le acabó la gasolina, por así decirlo.

Hablando de acontecimientos políticos, vale la pena mencionar que en los primeros años de recortes, las filosofías políticas existentes tenían pocas cosas que ofrecer que realmente fueran útiles. La derecha se dedicaba totalmente a proteger a los ricos de ser avergonzados en público, y a desviar todo el sufrimiento hacia la gente pobre y los chivos expiatorios extranjeros: árabes, coreanos del norte, etc. Mientras, la izquierda estaba tan acostumbrada a combatir las pequeñas mezquindades empresariales, que no era capaz de darse cuenta del hecho de que los problemas a los que se enfrentaba ahora la sociedad no podían ser resueltos mediante la redistribución económica. Personalmente, y como historiador, tiendo a tener más simpatía por la izquierda, porque pienso que la acumulación de riqueza que se estaba produciendo era simplemente obscena. Sospecho que gran parte de sufrimiento podría haberse evitado si toda esa riqueza se hubiera repartido desde el principio, se podría pensar que una vez se les  parara los pies a todas las grandes corporaciones y los plutócratas billionarios aligeraran lastre, todo iba a ir bien. Pues bueno, no había manera de que todo fuera a ir bien, era imposible.

De modo que aquí tenían estas dos facciones políticas combatiéndose a muerte, culpándose mutuamente, mientras todos a su alrededor se morían de hambre o se volvían locos. Lo que la gente realmente necesitaba era un poco de información básica y consejos de sentido común, alguien que le dijera la verdad, que su estilo de vida se estaba acabando ? y que le ofreciera unas pocas estrategias de supervivencia colectiva inteligentes.

Mucho de lo que ha sucedido durante el siglo pasado es lo que cabía esperar de acuerdo con las previsiones de los científicos de Uds.: hemos visto cambios climáticos dramáticos, extinción de especies, y terribles epidemias, tal como los ecologistas del final del siglo anterior habían advertido. No pienso que esto sea motivo de satisfacción para los descendientes de esos ecologistas. Conseguir decir  "ya os lo dije" es un consuelo bastante lamentable en esta situación. Los tigres y las ballenas han desaparecido, y probablemente decenas de miles de otras especies; pero nuestra falta de comunicaciones globales fiables hace que sea difícil que alguien sepa qué especies y dónde. Para mí, las aves canoras son un recuerdo grato pero lejano. Supongo que mis colegas en China y en Africa tendrán largas listas. El cambio climático ha sido un problema real para el cultivo de alimentos, e incluso simplemente para sobrevivir. Nunca sabes de un año para otro qué bandadas de insectos conocidos o desconocidos van a aparecer. Es mucho peor que un desastre; es una amenaza a la vida. Y éste es sólo uno de los factores que han llevado a la dramática reducción de la población humana en este último siglo.

Mucha gente lo llama La Gran Extinción (The Die Off). Otros lo llaman "La Gran Poda", "La Purificación", o "La Gran Limpieza". Algunos términos son más amables que otros, pero en realidad no hay formas amables de describir los actuales acontecimientos ? las guerras, epidemias y hambrunas.

Los alimentos y el agua han constituído importantes factores en todo esto. El agua fresca y limpia lleva décadas siendo escasa. Una de las formas de hacer que la gente joven se enfade conmigo es contarles historias de cómo en los viejos tiempos la gente usaba millones de millones de litros de agua para sus céspedes. Cuando les describo cómo funcionaban los retretes, simplemente no lo pueden soportar. Algunos piensan que me lo invento. En estos días el agua es un asunto serio. Si la desperdicias, puede que muera alguna persona.

Hace ya décadas que la gente empezó ? por pura necesidad ? a aprender a cultivar su propia comida. No todo el mundo tuvo éxito, y hubo mucha hambre. Una de las cosas más frustrantes era la falta de buenas semillas. Muy poca gente entendía algo de ahorrar las semillas de una campaña para otra, de modo que los stocks de semillas existentes se agotaron rápidamente. También existía el gran problema de las modernas variedades híbridas: pocas de las hortalizas de invernadero plantadas producirían buenas semillas para el año siguiente. Las plantas de diseño genético era incluso peores, causando todo tipo de problemas ecológicos cuyas consecuencias aún seguimos padeciendo, en especial la muerte de abejas y otros insectos beneficiosos. Las semillas de alimentos bien polinizados son como oro en paño para nosotros.

He viajado a pie y a caballo cuando era más joven, en la década de los cincuenta y los  sesenta, y preparamos algunos informes para el mundo exterior. Desde lo que yo he visto y oído, parece que gente de diferentes sitios lo ha conseguido por vías diferentes, y con diversos grados de éxito. Irónicamente, quizá, la gente indígena que más se ha visto perseguida por la civilización probablemente sea la que lo esté haciendo mejor. Aún conservaban gran cantidad de conocimientos de cómo vivir en el campo en la simplicidad. En algunos sitios, la gente está conviviendo en comunidades rurales improvisadas; otra gente está intentando sobrevivir en lo que queda de los grandes centros urbanos, rompiendo el hormigón y cultivando lo que pueden al tiempo que reciclan y comercian toda la vieja basura que quedó atrás cuando la gente huyó de las ciudades en los años veinte. Como historiador una de mis mayores frustraciones es la rápida desaparición del conocimiento. Uds. tenían la manía de meter la información más importante en medios de almacenamiento electrónico y papel tratado al ácido ? que se están desintegrando rápidamente. Para la mayor parte tenemos fotografías, con imágenes que se van desvaneciendo, libros aleatorios,  y revistas destrozadas.

Algunos de nuestros jóvenes miran los anuncios en las viejas revistas  y tratan de imaginar cómo habrá sido la fica en un mundo de aviones, electricidad y coches deportivos. ¡Debe de haber sido Utopía, el paraíso! Otros de nosotros no tenemos una visión tan optimista del pasado. Supongo que es parte de mi trabajo como historiador: recordar a todo el mundo que las imágenes de los anuncios eran sólo una cara de la historia; era la otra cara de la historia ? la galopante explotación de la naturaleza y de la gente, la ceguera ante las consecuencias ? lo que condujo a los horrores del siglo pasado.

Uds. seguramente se asombrarán de que les traiga alguna buena noticia, algo positivo acerca del futuro de su mundo. Bueno, como pasa con la mayoría de las cosas, depende de la perspectiva que adopten. Muchos de los supervivientes aprendieron valiosas lecciones. Aprendieron qué es importante en esta vida, y qué no. Aprendieron a atesorar buen suelo, semillas viables, agua limpia, aire sin contaminar, y amigos con los que poder contar. Aprendieron cómo es importante hacerse cargo de la propia vida, antes que esperar que se haga cargo cualquier gobierno o empresa. Ahora ya no existen "empleos", de modo que el tiempo de la gente depende de sí misma. Ahora piensan más por sí mismos. En parte a resultas de ello, las viejas religiones han sido dejadas de lado en gran parte, y la gente ha redescubierto la espiritualidad en la naturaleza y en sus comunidades locales. Los niños hoy están ansiosos por aprender y crear su propia cultura. Los traumas del colapso de la civilización industrial son cosas del pasado; eso ahora es historia. Ha comenzado un nuevo día.

¿Podéis cambiar el futuro? No lo sé. Hay todo tipo de contradicciones lógicas inherentes a esa pregunta. Yo mismo apenas acierto a comprender los principios de la física que me están permitiendo transmitirles esta señal. Es posible que a partir de la lectura de esta carta puedan hacer algo que habría cambiado mi mundo. Es posible que puedan salvar un bosque o una especie, o conserven algúna vieja reliquia en forma de semilla, o que contribuyan a prepararse Uds. y el resto de la población para los recortes de energía que les esperan. Mi vida podría haber cambiado a resultas de ello. Entonces, supongo que esta carta cambiaría, adoptarían medidas diferentes. Habríamos establecido algún tipo de bucle cósmico entre el pasado y el futuro. Es una cuestión muy interesante, digna de reflexión.

Hablando de la física, quizá debería mencionar que he llegado a aceptar una visión de la historia basada en lo que he leído sobre la teoría del caos. Según dicha teoría, en los sistemas caóticos pequeños cambios en las condiciones iniciales pueden llevar a grandes cambios en los resultados. Pues bien, la sociedad y la historia del hombre son sistemas caóticos. Si bien lo que la mayoría de la gente hace está determinado por circunstancias materiales, sigue habiendo un margen de maniobram y lo que hagan puede producir una diferencia significativa en la tendencia descendente. Retrospectivamente parece que la supervivencia humana en el siglo veintiuno dependía de una multiplicidad de pequeños esfuerzos, aparentemente insignificantes, realizados por individuos y grupos marginales  en el siglo veinte. El movimiento anti-nuclear, el movimiento conservacionista, el movimiento en contra de la biotecnología, los movimientos en favor de los alimentos y la agricultura orgánicos, los movimientos de la resistencia de los pueblos indígenas, las pequeñas organizaciones dedicadas a la recogida de semillas ? todos ellos han tenido un profundo y positivo impacto sobre los acontecimientos posteriores.

Supongo, hablando en términos lógicos, que si Uds. fueran a cambiar la red de causalidades que ha llevado a mi existencia actual, es posible que algunos acontecimientos pudieran impedir mi presencia aquí. En tal caso, esta carta ¡constituiría la nota de suicidio más extraña de toda la historia! Pero ese es un riesgo que estoy dispuesto a correr. ¡Hagan lo que puedan! Y mientras están en ello ¡por favor, trátense con respeto y amabilidad! ¡No dejen de tener en cuenta a nadie, ni a nada!

Este ensayo se puede publicar o colocar en un sitio web, para hacerlo contacten por favor con rheinberg@museletter.com .

Traducido por Marga Vidal
NÚMERO 110 / MARZO 2001

CRISIS ENERGÉTICA

En mi anterior TIERRA DE GENISTAS



Global Dimming - BBC
Del otro lado están quienes dicen que todo está en orden y que lo malo sería sería corregir. Ve con cuidado, este documental NEGACIONISTA habla de una situación irremediable, en la que incluso las más elementales medidas que se intentan implementar, por ejemplo el control de las emisiones de CO2, no sólo sería inútil sino perjudicial... Para mí es muy perverso y no se le da toda la trascendencia que merece, ya que bien podría estar ocultando intereses que defienden el statu quo.
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Genista