La reacción de un agente inmobiliario que se transformó en un nuevo ?héroe nacional? en los Estados Unidos, al acusar al presidente norteamericano, en Carolina del Norte, por la creciente intervención del gobierno de Bush en la vida privada de los ciudadanos de esa nación, tanto en forma directa (a través de escuchas telefónicas o arrestos arbitrarios) o indirecta (impidiendo el accionar de los ecologistas y otros sectores que se oponen a sus políticas ambientales) produjo un fuerte impacto en la sociedad norteamericana. Algo que ratifica un conocido escritor argentino que vive allá, Tomás Eloy Martínez, en recientes declaraciones antes de inaugurar en Buenos Aires la Feria del Libro: ?la atmósfera en EEUU es afixiante?? ?Se vive un época llena de mentiras y ofensas al sentido común?. Lo que ha dado lugar a muchos a preguntarse si en un país en donde la libertad personal es tan apreciada, hasta el punto de que sus habitantes no tienen documento nacional de identidad para evitar la omnipresencia del Estado federal, no se están adquiriendo los métodos de los regímenes dictatoriales que se pretende eliminar en el mundo. Los libros y films de Michael Moore ya habían constituido serios toques de alerta, pero que un simple ciudadano reaccionara ante el presidente de su país, significó un choque muy fuerte en la opinión pública.
Cierto es que la influencia de los atentados en la Casa Blanca fue de tal magnitud que dio origen al concepto de ?seguridad colectiva?. Conforme al mismo, el gobierno estadounidense comenzó a sacrificar los derechos elementales de sus ciudadanos e instaló una tensión permanente entre seguridad, libertades y garantías. Mediante la Patriot Act se redujo el derecho a la privacidad y se estableció la detención sin tiempo y sin intervención judicial de extranjeros, y aún de ciudadanos norteamericanos, sospechosos de terroristas. Medidas que volvieron inaplicables instrumentos protectores de los derechos humanos tales como las convenciones de La Haya y Ginebra e incluso la Convención de la ONU contra la tortura.
No resulta extraño que, al mismo tiempo, se estrene un film, Buenas noches y buena suerte, que sirve a modo de espejo de la situación actual. Allí se relata la lucha que un periodista televisivo tuvo contra los excesos de senador Joseph McCarthy. Este fue un político inescrupuloso que en los años 50, inició una especie de caza de brujas, acusando a un gran número de funcionarios y ex funcionarios del gobierno, celebridades del mundo del cine, escritores, periodistas y dirigentes sociales de ser comunistas, pecado mayor en medio de la llamada ?guerra fría?. Utilizaba, por lo general, informaciones falsas o con pocas o escasas pruebas reales aunque, de todos modos, no se justificaba el atentado contra las libertades civiles que suponían esas acusaciones.
En verdad, el maccartysmo fue un flagelo que empezó mucho antes que el accionar político del tristemente célebre senador, cuya caída en picada comenzó cuando se metió también con miembros de las fuerzas armadas y políticos de renombre, algunas de cuyas denuncias Edward Murrow, el periodista de marras, investigó, probando que eran falsas y arbitrarias. Ocurre que ya a partir de 1948, el comité de actividades antinorteamericanas del Congreso de EEUU puso en tela de juicio a personalidades relativamente prominentes del gobierno de Roosevelt, el presidente con más mandatos en la historia de la potencia del norte, de 1933 a 1945, que gobernó durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se combatía junto a Inglaterra y la Unión Soviética contra la Alemania nazi y el Japón.
En las primeras acusaciones de traición y espionaje a favor del ex aliado comunista, cayeron algunos funcionarios claves de la administración anterior, como Alger Hiss, diplomático que tuvo a su cargo gran parte de la preparación de la Conferencia de San Francisco donde se crearon las Naciones Unidas o Harry Dexter White, ex subsecretario del Tesoro y primer director ejecutivo del Fondo Monetario Internacional. Ambos, junto a un sector del establishment norteamericano, habían cometido el error de creer en la continuación de la alianza americano-soviética en la posguerra y fueron víctimas de la nueva división del mundo en donde el enemigo principal de EEUU dejaba de ser Alemania y pasaba a ser el bloque liderado por Moscú. Estas acusaciones sirvieron para lanzar al estrellato político a un joven representante republicano, Richard Nixon, principal fiscal acusador y más tarde presidente de los EEUU. Nixon empleó, como su colega McCarthy un par de años más tarde, procedimientos dudosos en sus cargos de espionaje contra los ex funcionarios. Pero él mismo cayó en una falta similar cuando estaba por ser reelegido presidente en 1972 y se descubrió la entrada clandestina de un equipo que había enviado a las oficinas del Partido Demócrata, en el edificio Watergate de Washington, para obtener información de sus rivales políticos. El escándalo desatado por este hecho y la investigación llevada a cabo por periodistas del Washington Post que recogían la tradición de Murrow, lo llevaron a renunciar a la presidencia. Algunos autores dicen que la caída de Nixon fue una tardía venganza de los amigos de aquellos que él acusó en 1948.
En todo caso, Nixon no fue mas allá de un ataque a ex funcionarios gubernamentales, pero McCarthy hizo más que eso y un clima de miedo se instaló en la sociedad norteamericana. Las acusaciones del senador hicieron estragos sobre todo en el ambiente artístico, donde logró que célebres actores se declararan culpables y arrepentidos y se los obligara, para salvarse, a denunciar a su vez a otros colegas, lo que excluyó a éstos por años o para siempre de cualquier posibilidad de empleo o trabajo. Indujo incluso a muchos de ellos a emigrar de EEUU, como el artista más famoso de su época, que no era comunista pero tenía amigos de izquierda, Carlitos Chaplin.
El caso más dramático fue el de los esposos Julius y Ethel Rosenberg, acusados de espías atómicos con argumentos más que endebles, y que fueron, pese a la indignación de gran parte de la opinión pública mundial, ejecutados en la silla eléctrica. Los Rosenberg no habían sido siquiera considerados responsables de transmitir secretos personalmente, sino de haber ?conspirado para transmitirlos? y tampoco fueron juzgados por traición, además de que jamás se declararon culpables. Sin duda, el clima político en los EEUU de la época, azuzado por las campañas de Mc Carthy y otros colegas, ayudó para que estos hechos tuvieran lugar y la responsabilidad de muchos sectores de derecha, religiosos, etc. en estas campañas fue crucial. Como señala un autor norteamericano, Robert Sklar: ?cada uno sabía que Siberia era un lugar glacial y desolado donde los rusos enviaban a sus disidentes para castigarlos. Pocos norteamericanos, en cambio, se daban cuenta que ellos creaban su pequeña Siberia en su propio espíritu?. El debate político, la libertad de ideas, la controversia intelectual fueron particularmente afectadas pero, sobre todo, los principios esenciales de lo que se consideraba la democracia norteamericana.
Hoy, muchos ciudadanos de la potencia del norte descubren que tienen escondido en su espíritu el síndrome de Irak. Allí el gobierno de Washington fue a combatir por una causa falsa pero, además, no afectó sólo a los irakies, principales víctimas, ni a los propios jóvenes norteamericanos que murieron en vano, también atacó interiormente, en su propio país, los mismos principios que dijo defender y guiaron presuntamente su política externa.
DIARIO HOY
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